Llegó la madrugada;
como otras madrugadas, aún despierto.
En la azotea de mi vieja casa
camino a paso lento.
Entre tanto estoy oyendo,
en la lejanía,
aullar a los perros.
Quizás por el miedo,
de ese mal, que anidan en las almas,
de jóvenes y viejos.
Sea cual sea, su especie o raza,
sean venturosos o perversos
todos como yo.
Nacieron del vientre materno.
Entre dolor y dolor
temblando de frío,
llorando de miedo.
Con la mudez de los perros
nace el silencio.
Seguimos...Andando la noche y yo.
Camino...Del descanso eterno.
De vez en cuando,
ante la fresca flor,
mis cansinos pasos detengo.
Como agua bebe el sediento,
de su perfume embriagador,
trago a trago, voy ingiriendo.
Hasta que el invisible licor,
acaricia mi cerebro.
Besa mi corazón
de cuantas amarguras tengo,
sus besos calman mi dolor
que oculto.
Oculto en el alma tengo.
En la fugaz madrugada
muy hondo siento,
los viejos relojes del pueblo,
en sus lejanos y fríos lamentos.
Con alas bronceadas,
vuelan hacia el blanco lucero.
Que en el oscuro mar se baña.
En libertad y sin miedo.
Oigo el alegre aleteo
de invisibles aves.
Viajeras en el tiempo.
Envueltas en manto negro,
camino de doñana.
Donde mañana anidarán,
entre el junco, la jara y el romero;
Otras, en los verdes limoneros.
Presuntuoso y altanero,
El vecino gallo canta.
Con su canto, rompe el silencio,
que antes reinaba.
Cuando enmudecieron los perros,
y las aves se alejaban
a través de los cielos.
Por ésta noche en triana,
cuando suspiro a los versos.
El gallo su canto arrecia
de nuevo, reina el silencio.
Ahora son los grillos,
los que alegremente...Cantan.
Cantan, con su armonioso estribillo.
Al negro silencio matan.
Mi dolor siente alivio,
con tal dulce serenata.
Hermosos pensamientos.
En mí lento caminar,
me acompañan.
De ellos los más floridos.
De mi viejo cerebro.
De mi viejo cerebro, se me escapan.
José Manuel Sirgo Gallardo